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viernes, 11 de septiembre de 2009

EL PARALELISMO ENTRE LOS SUEÑOS, LOS ACTOS FALLIDOS Y LOS SÍNTOMAS.


Cuadro: Más allá del horizonte. Miguel Oscar Menassa

Freud descubrió que los sueños tenían un sentido, que no eran una actividad que sucedía al azar, de manera caprichosa y carente de sentido. Tras intensa investigación, llegó a la conclusión de que ese sentido del sueño era la realización de un deseo, pero no de cualquier deseo, el deseo que se realiza en el sueño es un deseo reprimido.

Cuando nuestra conciencia no tolera uno de nuestros deseos hostiles o sexuales: amar a quién sabemos que no nos conviene o sentir hostilidad hacia alguien cercano, como un familiar o la pareja, los reprimimos, pero que esté reprimido no quiere decir que no tenga sus efectos. El deseo inconsciente reprimido puja por expresarse y lo hace en forma de sueños, o de síntomas o de actos fallidos (aquellas equivocaciones que cometemos en la vida cotidiana en actos que nos son familiares). Por ejemplo:

Voy a abrir la puerta del negocio y en vez de sacar las llaves que corresponden, saco las de casa, y no me doy cuenta hasta que intento abrir con ellas y no es posible.

Este acto fallido es muy común y en ocasiones tiene que ver con el deseo de volver a casa y no ir ese día a trabajar.

En los sueños de los niños, se ve muy claro la realización del deseo: Una niña a la que se le había prohibido comer golosinas por haber sufrido un empacho, sueña por la noche que las come sin que nadie se lo pueda prohibir.

Igual que en los actos fallidos y en los sueños, también en los síntomas histéricos o neuróticos hay realización de deseos. Los síntomas son como un jeroglífico que se diera a leer, pero es imposible de leer sin la contribución del que lo padece (lo que el paciente dice sobre el síntoma), y sin la escucha de un psicoanalista, porque el deseo no se expresa directamente en el síntoma sino que sufre una deformación para no ser reconocido.

Además en el síntoma no se expresa sólo el deseo inconsciente reprimido, sino también el castigo por ese deseo que el sujeto considera indecoroso.

Un ejemplo: el lavado de manos excesivo de los neuróticos obsesivos, que a veces les lleva a utilizar productos abrasivos como la lejía en la limpieza de las mismas, o se las lavan tan reiteradamente que consiguen agrietarlas, coincide en algunos pacientes con una sensación de “suciedad moral”, el lavado de las manos es como un “lavado de pecados”.

O el tabú del contacto: la prohibición de tocar que se imponen algunos pacientes obsesivos (que cogen un pañuelo para abrir el pomo de la puerta que otros han tocado antes, por ejemplo) es en realidad un intenso deseo de tocar reprimido. El deseo de tocar es transformado en el síntoma en prohibición de tocar.

Todos estos síntomas de la neurosis obsesiva desaparecen cuando se descifran y el paciente puede ir aceptando su deseo sin necesidad ni de reprimirlo, ni de realizarlo, que es otra forma de no querer saber nada del deseo.

lunes, 29 de junio de 2009

¿POR QUÉ SON TAN EXITOSAS LAS TELENOVELAS?

Cuadro: Venus y Cupido. Corregio.
Hay muchas leyendas clásicas en la literatura en las que un niño es abandonado por una familia rica y criado por una pobre, para después, una vez alcanzada la edad adulta, descubrir su verdadero origen y su alta alcurnia. Curiosamente, la filogenia (la historia de la constitución de la especia humana y su cultura tal como la conocemos hoy), asemeja intensamente a la ontogenia, (la producción de un humano singular, de un sujeto).
Hay un momento de la vida del niño donde sus padres son los mejores padres del mundo, los idealiza. Esta familia ensalzada por el niño, todopoderosa, “la mejor familia del mundo”, va a ser destronada, descendida a los abismos, cuando la rigidez mínima necesaria para la educación que los padres imponen al infante, les haga caer del pedestal. La contravención de la voluntad del pequeño, y sobre todo, llegar al conocimiento de la existencia de otros padres a los que el niño atribuye más poder, más ingresos o más reconocimiento social, que a los suyos, le hace dejar de idealizar a los padres. Estos ya no detentan la perfección que su inmadurez y su necesidad de cuidados le hacían atribuirles. Esta familia denostada, coincide con la familia pobre, la segunda familia de los relatos de los héroes. Por tanto, la primera y la segunda familia de los relatos épicos, son en el sujeto la misma y única familia, idealizada primero y denostada después.
Podemos asegurar que esta leyenda personal, que se denomina también novela familiar del neurótico y que hace fantasear al niño (a todos cuando niños alguna vez) con que esos no son sus padres, que sus verdaderos padres son otros, admirados por él, que “a él le debieron confundir en las cunas del nido en el Hospital donde nació”, etc., esta leyenda es uno de los factores psíquicos responsables de que ciertos best-sellers de la literatura sean tan bien acogidos, o que ciertas películas o telenovelas, (donde al final se descubre que menganito no es hijo de fulanito, y por tanto su amor por marianita, que creía que era su hermana, ahora ya es lícito, no es incestuoso, puesto que no son hijos del mismo padre), sean seguidas por millones de personas en el mundo. Cuando vemos esas telenovelas hay un deseo infantil que se cumple en el protagonista, y en nosotros mismos por identificación con el protagonista, de ahí su éxito. Además, en los adultos, muchas de las dudas sobre la paternidad con respecto a su padre o sobre la fidelidad de la madre, tienen que ver con esta fantasía infantil.

jueves, 15 de enero de 2009

EL VALOR DEL PSICOANÁLISIS 1.


Ana tiene que dar una conferencia en público y comienza a notar que el corazón le late vertiginosamente, le tiemblan las manos, suda profusamente, la voz apenas brota como un hilo tembloroso, tiene que retirarse nada más empezar. Javier tiene 43 años, y no puede salir solo de su casa sin tener un ataque de angustia. María tiene que caminar dos calles para llegar al trabajo, pero debe contar todos los baldosines de la acera, cuando algo la distrae, y siente que se ha equivocado, vuelve a empezar. Para llegar al trabajo a su hora, debe salir dos horas antes, y aún así, se retrasa con frecuencia.
Luis anota en un papel esa cita de trabajo tan importante que tiene dentro de tres días, en la fecha indicada busca afanosamente la nota para cerciorarse de la dirección y es incapaz de encontrarla. Antonio saca las llaves del bolsillo para abrir la puerta de la oficina y no entran en la cerradura, erróneamente, ha sacado las llaves de su casa. Aún no ha empezado la jornada de trabajo y él ya quiere regresar a casa.
Podría parecernos que los primeros casos reseñados no tiene nada que ver con los segundos, hasta nos atreveríamos a señalar que unos corresponden a enfermedades concretas que el sujeto padece (los dos primeros corresponden a una fobia, y el tercero sería compatible con una neurosis obsesiva), y los otros a meros olvidos o errores en la vida cotidiana cometidos por distracción, cansancio... No obstante entre ambos hay algo en común y determinante, hay un deseo inconsciente en juego, ni unos son enfermedades sobrevenidas sin más ni otros son olvidos o errores cometidos por cansancio o distracción.
Somos humanos, nos distinguimos por estar inmersos en el lenguaje, en el lenguaje nos enfermamos y por el lenguaje nos curamos de los padecimientos psíquicos. En cada uno de los actos que realizamos o en cada frase que pronunciamos estamos implicados, no hay casualidades psíquicas, todo está sustentado por un idea, en relación a una frase, como el caso de una paciente con afonía, a la que el psicoanálisis le descubre que su síntoma, que se presenta siempre cuando su amado se ausenta, está en relación a que siente que en ausencia de su amado no tiene sentido hablar.
Ella sólo puede llegar a esa frase porque tiene una determinada concepción del amor, dónde ella sin él no es nada, algo que puede ser muy limitante para la vida de cualquiera. El síntoma (en este caso la afonía) es una manera de hablar, de decir algo, pero es necesaria la presencia de un especialista cualificado, un psicoanalista, que pueda resolver ese enigma, ya que el paciente sólo padece el síntoma, nada sabe de su sentido, para él es inconsciente la frase que lo determina.
Cada cual es responsable de la realidad que tiene, y el psicoanálisis nos dice que enfermamos por ser cobardes, por evitar enfrentarnos a una verdad íntimamente nuestra, y esa verdad no es nada terrible, generalmente son pequeñas cosas que uno magnifica. El psicoanálisis devuelve a esta verdad magnificada –como vista por un microscopio- su verdadera pequeña dimensión. Ahora, si queremos curarnos, hemos de ser valientes para poder enfrentar esa verdad y actuar en consecuencia. El psicoanálisis nos dice a cada uno: usted no es un ser sufriente que padece pasivamente en las garras del cruel mundo exterior, algo contribuyó a construir la posición en la que se encuentra, algo tuvo que ver usted en la vida que ahora tiene. Y esto no es una desgracia, es una gracia, ya que sólo admitiendo nuestra responsabilidad (que no culpabilidad) en el deseo que se juega en nuestra vida podemos ser capaces de transformarla, de producir otra.
Con estos dos elementos: el descubrimiento de que si enfermé por una frase o conjunto de frases, eso será lo que me cure, y el de que el psicoanálisis me confiere la valentía necesaria para decidir por la salud y no por la enfermedad, es que el paciente se cura de padecimientos psíquicos como la ansiedad, la depresión, las fobias, la angustia, la neurosis obsesiva, la impotencia sexual, el vaginismo, etc. Y cuando decimos que se cura, no es solamente que desaparezcan los síntomas, sino que el paciente no necesitará de la enfermedad para hablar, para seguir viviendo.